Papel, Caña y Orgullo: La Tradición del Barrilete Gigante Vuela Alto en las Ciudades de EE.UU.
Cuando don Alejandro Coyoy llegó a Los Ángeles hace más de veinte años, trajo consigo pocas cosas materiales pero un montón de memorias. Una de las más vívidas: el olor a papel de china y goma mientras su familia armaba un barrilete en el patio de su casa en Chimaltenango, días antes del Día de Todos Santos. "Ese olor me persiguió por años", dice entre risas. "Hasta que decidí que mis hijos también lo iban a conocer."
Hoy, don Alejandro es uno de los organizadores del Festival del Barrilete Chapín en el área de South Los Angeles, un evento que cada año reúne a cientos de guatemaltecos —y curiosos de otras comunidades— para construir, decorar y volar barriletes que rinden homenaje a los difuntos y celebran la vida. Lo que empezó como una reunión pequeña en un parque del barrio se ha convertido en uno de los eventos culturales guatemaltecos más esperados del sur de California.
Y no es el único lugar donde esto está pasando.
De Santiago Sacatepéquez al Asfalto Americano
La tradición del barrilete gigante tiene su epicentro en Santiago Sacatepéquez y Sumpango, dos municipios de Guatemala donde cada 1 de noviembre los cielos se llenan de estructuras de hasta 20 metros de diámetro, decoradas con mensajes para los seres queridos que ya no están. La UNESCO reconoció esta práctica como Patrimonio Cultural Inmaterial, pero para los chapines que viven lejos, su valor va mucho más allá de cualquier certificado.
En Houston, el grupo comunitario Raíces de Guate lleva cuatro años organizando talleres de construcción de barriletes en el mes de octubre. "Empezamos con tres familias en un garage", cuenta Miriam Tziná, una de las fundadoras. "Ahora tenemos listas de espera porque la gente quiere participar." Los talleres no solo enseñan la técnica —cortar la caña, armar el esqueleto, pegar el papel con precisión milimétrica— sino que también son espacios donde los adultos mayores transmiten historias, recuerdos y el significado espiritual detrás de cada color y figura.
En Miami, la comunidad guatemalteca ha encontrado en los barriletes una forma de diferenciarse y hacerse visible en una ciudad donde las culturas latinoamericanas compiten por espacio y reconocimiento. "Aquí todo el mundo conoce la conga cubana, el reggaetón, el carnaval dominicano", dice Héctor Ajú, residente de Hialeah y artesano de barriletes desde niño. "Pero cuando sacamos nuestros barriletes, la gente para y pregunta. Eso es poderoso."
Construir Lejos de Casa No Es lo Mismo, Pero Vale
Hay algo que todos los organizadores y participantes admiten con honestidad: no es igual. Los materiales no siempre son los mismos. La caña de bambú que en Guatemala se consigue en cualquier mercado aquí hay que buscarla en viveros especializados o pedirla por internet. El papel de china de colores brillantes a veces se reemplaza con papel tisú comprado en Party City. Y el viento —ese viento fresco y generoso de los altiplanos guatemaltecos— no tiene el mismo carácter que la brisa húmeda de Houston o los vientos impredecibles del Valle de Los Ángeles.
Pero precisamente esa dificultad le da un significado extra al acto. "Cuando algo cuesta trabajo, lo valoras más", reflexiona Miriam. "Mis hijos nacieron aquí, nunca han ido a Santiago Sacatepéquez. Pero cuando ayudan a armar el barrilete, están conectando con algo real. Con algo que es nuestro."
Esa conexión intergeneracional es quizás el logro más importante de estos festivales. Los jóvenes chapines criados en EE.UU. —muchos de ellos navegando la complejidad de pertenecer a dos culturas al mismo tiempo— encuentran en el barrilete un punto de entrada a su herencia que no requiere hablar kaqchikel ni haber caminado las calles de Antigua. Es una experiencia física, táctil, colorida. Es difícil ignorar un barrilete de tres metros volando sobre un parque de Chicago.
Más Que Nostalgia: Un Acto de Resistencia Cultural
Sería fácil reducir estos festivales a un ejercicio de nostalgia, a un grupo de inmigrantes aferrándose a lo que dejaron atrás. Pero quienes participan en ellos ven algo más complejo y más poderoso en lo que están haciendo.
"Esto no es solo recordar el pasado", dice don Alejandro con firmeza. "Es decirle a nuestros hijos y a nuestros vecinos: existimos, tenemos historia, tenemos arte, tenemos algo que celebrar." En un contexto donde las comunidades inmigrantes frecuentemente enfrentan narrativas que las reducen a su condición migratoria, afirmar una identidad cultural rica y vibrante es, en sí mismo, un acto político.
Además, los festivales de barriletes en EE.UU. han empezado a atraer atención más allá de la comunidad guatemalteca. Medios locales en Los Ángeles y Houston han cubierto los eventos. Escuelas primarias han invitado a artesanos chapines a dar talleres. Y en algunos casos, los barriletes guatemaltecos han compartido espacio con festivales multiculturales donde se celebran tradiciones de todo el mundo.
"Una vez un señor mexicano se me acercó después del festival y me dijo que nunca había visto nada así", recuerda Héctor desde Miami. "Me preguntó si podía traer a sus nietos el año siguiente para aprender. Eso me llenó el corazón."
El Futuro del Barrilete Chapín en Norte
Los organizadores de estos festivales tienen ambiciones que van más allá de los parques locales. Miriam y su equipo en Houston están trabajando para conseguir financiamiento municipal que les permita escalar el evento y llevar talleres a escuelas públicas con alta población guatemalteca. En Los Ángeles, don Alejandro sueña con un festival que ocupe un espacio público grande, visible, con barriletes compitiendo en tamaño con los de Sumpango.
"¿Por qué no?", pregunta con una sonrisa. "Si allá los hacen de veinte metros, aquí también podemos intentarlo. Solo necesitamos espacio y ganas, y de las dos cosas tenemos de sobra."
Lo que está claro es que el barrilete chapín —esa estructura de caña y papel que lleva mensajes al cielo— ha encontrado nuevos vientos en las ciudades de EE.UU. Ya no vuela solo sobre los cerros de Santiago Sacatepéquez. Vuela también sobre los parques de Houston, los vecindarios de Los Ángeles y las calles de Miami, llevando consigo el nombre, el orgullo y la memoria de un pueblo que, sin importar qué tan lejos esté de casa, sabe exactamente quién es.