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Flores de Papel y Fotos de Abuela: Cómo las Familias Chapinas Arman el Altar de Todos Santos en Pleno Corazón de Chicago

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Flores de Papel y Fotos de Abuela: Cómo las Familias Chapinas Arman el Altar de Todos Santos en Pleno Corazón de Chicago

El primero de noviembre, mientras los vecinos del edificio en Pilsen todavía guardan los disfraces de Halloween, la familia Ajú Tambriz empieza a mover los muebles de la sala. La mesita de centro se convierte en altar. Las fotos que normalmente viven en la repisa del televisor encuentran su lugar más importante del año. Y el olor del pom —ese incienso de resina que viaja desde Guatemala en maletas cuidadosamente empacadas— se cuela por debajo de las puertas.

Esto no es un decorado de temporada. Es un acto de amor, de memoria y, para muchas familias guatemaltecas en Estados Unidos, de pura resistencia cultural.

Lejos del Cementerio, Pero Cerca del Corazón

En Guatemala, el Día de Todos Santos es una experiencia que desborda los límites del hogar. Los cementerios de Sumpango y Santiago Sacatepéquez se transforman en campos de color: barriletes gigantes que rozan el cielo, tumbas decoradas con flores de cempasúchil y coronas tejidas a mano, familias enteras que pasan el día entre sus muertos como si visitaran a un vecino. Es una fiesta y un duelo al mismo tiempo, y quien lo vivió una vez no lo olvida jamás.

Pero cuando esa persona vive en Chicago, en Los Ángeles o en Houston, la tradición tiene que aprender a vivir en espacios nuevos.

"El primer año que no pude ir a Guatemala para Todos Santos fue el más difícil de mi vida," recuerda Mirna Chávez, de 41 años, quien llegó a Los Ángeles hace casi dos décadas desde San Marcos. "Sentí que estaba dejando a mis muertos solos. Entonces empecé a armar el altar aquí, en mi cuarto, y algo cambió. Como que ellos también cruzaron conmigo."

El Altar Se Adapta, Pero No Se Rinde

Lo que sorprende de hablar con familias guatemaltecas en distintas ciudades es la creatividad con que han adaptado cada elemento del altar sin perder su esencia.

Las flores de cempasúchil, que en Guatemala se consiguen en cualquier mercado, aquí se buscan en los mercados latinos del barrio o en tiendas como Fiesta Mart en Houston o en los puestos de flores cerca del Mercado de Hierbas en Los Ángeles. Cuando no hay, se usan flores de papel crepe naranja y amarillo, cortadas a mano por los niños de la familia como parte del ritual mismo.

El copal y el pom son quizás el elemento más buscado. Varias familias mencionan que lo piden a parientes en Guatemala que lo mandan en sobres de correo o lo llevan en la maleta cuando visitan. "Mi mamá siempre trae pom cuando viene," dice Rodrigo Xicará, de Houston, originario de Quetzaltenango. "Ya sabe que es lo primero que le pido. Más que ropa, más que nada."

Las ofrendas de comida también se mantienen, aunque con algunos ajustes. El fiambre —ese plato imposible de replicar exactamente fuera de Guatemala— se intenta con lo que hay: embutidos de la carnicería latina, verduras encurtidas, aceitunas del súper. No es igual, admiten todos. Pero el intento es parte del ritual.

"La primera vez que hice fiambre aquí me quedó horrible," dice entre risas Claudia Orozco, quien vive en el barrio de Little Village en Chicago con su esposo y sus tres hijos. "Pero mis hijos lo comieron igual, porque entendieron que no se trata del sabor exacto. Se trata de sentarse juntos y recordar."

Las Fotos: El Corazón del Altar

Si hay un elemento que todas las familias comparten sin excepción, es la fotografía. En los altares chapines en Estados Unidos, las fotos son el alma visible del ritual. Abuelas que nunca conocieron este país. Tíos que se fueron demasiado joven. Padres que siguen en Guatemala y que, paradójicamente, también aparecen en el altar como forma de mantenerlos presentes.

Algunas familias imprimen las fotos en Walgreens o CVS la semana antes. Otras guardan copias todo el año, esperando ese momento. En el apartamento de los Ajú Tambriz en Pilsen, hay una foto en blanco y negro de una bisabuela que nunca nadie conoció en persona, pero cuyo nombre se repite en cada reunión familiar como si hubiera estado en la última cena de Navidad.

"Mis hijos nacieron aquí," dice doña Elena Tambriz, de 58 años. "Ellos no conocen Guatemala más que por fotos y por lo que yo les cuento. Pero cuando arman el altar conmigo, cuando ponen la foto de su bisabuela y le prenden una velita, algo les entra. Algo que yo no sé explicar con palabras, pero que se queda."

Los Niños: La Tradición que Camina Hacia Adelante

Uno de los aspectos más poderosos de estos altares en Estados Unidos es el rol que juegan los hijos nacidos o criados acá. Para muchos de ellos, el 31 de octubre es el día de los disfraces y el candy. Pero el primero de noviembre pertenece a otra historia.

Varios padres entrevistados para este reportaje hablan de cómo sus hijos, al principio un poco confundidos entre Halloween y Todos Santos, terminan siendo los más comprometidos con el altar. Les explican a sus amigos en la escuela. Llevan fotos del altar a clase. Escriben ensayos sobre la tradición.

"Mi hija de doce años le explicó a su maestra qué era el altar y la maestra le pidió que hiciera una presentación para toda la clase," cuenta Rodrigo Xicará con orgullo evidente. "Eso no lo esperaba. Pero ahí está nuestra cultura, caminando sola."

Una Tradición que No Necesita Cementerio

Lo que emerge de estas conversaciones es algo que va más allá de la nostalgia. Los altares chapines en apartamentos de Chicago, en casas de Houston, en cuartos de Los Ángeles, no son una versión disminuida de la tradición original. Son una versión viva, respirando en un contexto nuevo.

La distancia obliga a la creatividad. La creatividad profundiza el significado. Y el significado, al final, es lo que hace que una tradición sobreviva generaciones, fronteras y cambios de dirección.

Cuando el pom se acaba y no hay más incienso guatemalteco, algunas familias usan copal mexicano. Cuando no hay barrilete que volar, los niños dibujan uno en papel. Cuando el fiambre no queda igual, se come igual con el mismo amor.

La tradición no se rompe. Se dobla, se estira, y sigue de pie.

Y en algún apartamento de Pilsen, esta noche, una abuela en foto en blanco y negro tiene una velita encendida frente a ella. Eso es suficiente. Eso es todo.

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