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Lo Que Heredamos en las Manos: El Saber Medicinal Chapín que Sobrevive en las Ciudades de EE.UU.

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Lo Que Heredamos en las Manos: El Saber Medicinal Chapín que Sobrevive en las Ciudades de EE.UU.

Doña Esperanza tiene 67 años, vive en un apartamento del lado este de Los Ángeles y guarda en su cocina lo que ella llama "la farmacia de Dios": manojos de ruda colgados cerca de la ventana, frascos de apazote seco, una bolsita de copal que compra en una tienda guatemalteca del barrio, y un cuaderno de espiral donde anota los remedios que aprendió de su mamá en Huehuetenango. En su sala la han visitado vecinos, paisanos, y hasta una que otra persona que llegó recomendada por alguien que conocía a alguien. Ella no se llama a sí misma médica. Se llama curandera, y esa diferencia, dice, lo es todo.

"Aquí los doctores te ven cinco minutos y te dan una pastilla", cuenta sin amargura, más bien con una resignación que conoce bien cualquier guatemalteco que haya navegado el sistema de salud estadounidense. "Yo te pregunto cómo dormiste, qué soñaste, si tienes frío en el cuerpo o calor. Eso también es medicina."

Un Conocimiento que Viajó en la Maleta

Cuando las familias chapinas emigran a Estados Unidos, no solo traen ropa, fotos y recetas de cocina. Traen también un sistema entero de entender el cuerpo, la enfermedad y la sanación —uno que tiene siglos de antigüedad y que no necesita seguro médico para funcionar. Desde el temascal hasta el sobado, desde los tés de hierba santa hasta las limpias con huevo, la medicina tradicional guatemalteca no es folklore: es una práctica viva que miles de familias siguen usando en ciudades como Houston, Nueva York, Chicago y el área de Los Ángeles.

Y no es solo la generación mayor. Cada vez más jóvenes chapines de segunda generación —muchos nacidos aquí, criados entre dos mundos— están redescubriendo estas prácticas con una mezcla de curiosidad, orgullo y, a veces, necesidad real.

"Mi mamá siempre me daba te de manzanilla con canela cuando tenía dolor de estómago", dice Karla, de 28 años, hija de migrantes quetzaltecos que vive en el área de Katy, Texas. "Cuando fui al doctor por lo mismo me recetaron algo que costaba $80 con el copago. Volví a la manzanilla."

Los Que Guardan el Saber

En Houston, donde la comunidad guatemalteca ha crecido significativamente en la última década, opera de manera discreta una red informal de curanderos y parteras que atienden a familias que no tienen acceso al sistema de salud, que desconfían de él, o que simplemente prefieren una atención que reconozca su cultura.

Don Mateo, originario de San Marcos, lleva más de 20 años en Houston y se dedica al sobado —una técnica de masaje terapéutico que en Guatemala se usa para acomodar huesos, aliviar dolores musculares y tratar lo que él llama "el susto", un estado de desequilibrio emocional y físico que la medicina occidental apenas empieza a reconocer bajo el término de trauma.

"El susto es real", insiste. "Cuando alguien tiene un accidente, cuando un niño se asusta mucho, cuando una persona pierde a alguien de repente —eso se queda en el cuerpo. Y si no lo sacas, se convierte en enfermedad."

La práctica de tratar el susto, común en comunidades indígenas y mestizas de toda Guatemala, incluye rezos, barridas con ramas de ruda o albahaca, y a veces la ingesta de tés específicos. Es una práctica que mezcla lo espiritual con lo físico de una manera que la medicina convencional todavía no sabe muy bien cómo clasificar —y que muchas familias chapinas en EE.UU. prefieren no explicar a sus médicos por miedo a ser juzgadas.

La Tensión Entre Dos Sistemas

Aquí es donde la cosa se pone interesante —y a veces complicada. Porque la pregunta no es si la medicina tradicional funciona o no. La pregunta real es cómo conviven dos sistemas de salud completamente distintos en la vida cotidiana de una familia migrante.

Algunos profesionales de salud que trabajan con comunidades latinas en EE.UU. ya lo entienden. En clínicas comunitarias de ciudades como Los Ángeles o Nueva York, hay médicos y enfermeras que preguntan activamente a sus pacientes guatemaltecos qué remedios caseros están usando, no para disuadirlos, sino para asegurarse de que no haya interacciones con medicamentos recetados. Es un enfoque que se llama "medicina culturalmente competente" y que, aunque todavía no es la norma, va ganando terreno.

"Yo no les digo a mis pacientes que dejen de tomar sus tés", dice una enfermera guatemalteca que trabaja en una clínica comunitaria en Queens, Nueva York, y que prefiere no dar su nombre. "Lo que hago es preguntarles qué están tomando para poder ayudarlos mejor. La ruda, por ejemplo, no la pueden tomar si están embarazadas. Eso hay que saberlo."

Esa misma tensión la viven los jóvenes chapines de segunda generación, quienes a menudo se encuentran en el medio: lo suficientemente integrados al sistema estadounidense para saber cuándo ir a urgencias, pero lo suficientemente conectados a su herencia como para no descartar lo que la abuela recomienda.

"Yo uso las dos cosas", dice Rodrigo, de 24 años, estudiante universitario en Chicago cuyos abuelos son de Quiché. "Si me rompo un hueso, voy al hospital. Pero si tengo ansiedad o insomnio, primero pruebo con lo que me enseñó mi abuela. Y honestamente, a veces funciona mejor."

El Temascal en el Patio de Chicago

Quizás nada simboliza mejor la resistencia de esta tradición que el temascal —el baño de vapor sagrado de origen mesoamericano que en algunas comunidades guatemaltecas se usa para curar enfermedades, purificar el cuerpo después del parto, y como ritual espiritual.

En algunos suburbios de Chicago con alta presencia chapina, hay familias que han construido temascales improvisados en sus patios traseros. No son las estructuras de adobe del altiplano guatemalteco, pero cumplen la misma función: vapor, hierbas, calor y silencio. Una forma de sanar que no necesita traducción.

"Cuando nació mi hijo aquí en Chicago, mi mamá insistió en que me metiera al temascal a los ocho días", recuerda una mujer originaria de Totonicapán que vive en el área de Pilsen. "Mi esposo pensaba que era exagerado. Pero después de eso me sentí como nueva. El doctor me había dado el alta, pero mi cuerpo todavía necesitaba eso."

Orgullo, No Vergüenza

Durante mucho tiempo, estas prácticas se guardaban en silencio dentro de las familias chapinas en EE.UU. —en parte por miedo al juicio, en parte porque el sistema de salud no dejaba espacio para ellas. Pero algo está cambiando. Las redes sociales, los grupos de WhatsApp entre paisanos, y una generación joven que lleva su identidad con más orgullo están haciendo que este conocimiento salga a la luz.

Hay cuentas de Instagram en español que comparten recetas de remedios tradicionales guatemaltecos. Hay talleres en centros comunitarios donde curanderas enseñan el uso de hierbas medicinales. Hay podcasts en donde parteras indígenas hablan de su trabajo en EE.UU.

El mensaje que se repite es siempre el mismo: esto no es superstición. Esto es ciencia ancestral. Y merece el mismo respeto que cualquier otra forma de cuidar el cuerpo.

Doña Esperanza lo dice de la manera más sencilla posible, mientras enrolla un manojo de ruda y lo guarda en una bolsa de papel: "Mi abuela me lo enseñó a mí. Yo se lo enseño a mis hijos. Aquí en Los Ángeles o allá en Huehuetenango, el cuerpo humano es el mismo. Y la planta sabe lo que tiene que hacer."

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